sábado, 25 de octubre de 2008

Viento




Viento que llegas sin avisar
disparo que nadie ve partir,
espera y no tardan al llegar
las puertas que se logran abrir.

Si tú vienes por cualquier lugar
los árboles temen tu latir,
la helada no puede matar
y los sueños vuelan por vivir.

Acaricias muy suave la mar
vive el polvo en tu existir,
en tus miedos se logra el amar
lleno de recuerdos al morir.

domingo, 5 de octubre de 2008

Confusión por un pelo.


Parado frente a la vereda que estaba enfrente de mí, ahí estaba yo. Al costado de la parada de autobuses. Por encima del suelo y por debajo del cielo. Caminé unos cincuenta pasos para llegar al quiosco. Necesitaba goma de mascar. Algo para poner en mi boca y calmar los nervios. El chicle con efecto de azúcar lograba canalizar mis pensamientos. Aquello que había visto no era algo común, no podía serlo. Mi zapatos se frotaban entre si y las piedrillas del suelo se internaban en las suelas. En mis manos se abrían marcas creadas por mis propias uñas. No le podía encontrar una explicación al suceso. Subí al autobús y me fui meditando todo el camino hasta mi casa sin hallar un consuelo, con el aire fresco golpeando mi rostro. Al llegar, dejé mi billetera sobre la mesa. No dije nada a mi esposa ni a mis hijos, supuse que se reirían. Puse mis ojos en la televisión si poder mirarla un segundo. Primero pensé en desentenderme y dejar lo que había visto, de lado. Pero luego pensé en dos cosas, por una parte si todos los hombres hiciéramos caso omiso a todo, el mundo sería más indiferente de lo que es hoy. Lo otro que se me vino a la mente fue la frase de una profesora que tuve en la secundaria: “El hombre tiene curiosidad, y la duda lo mueve más que cualquier causa”. Definitivamente la incertidumbre no me era grata. Yo tenía que saber lo que allí pasaba. Al acostarme no pude dejar de pensar en qué iba a hacer para enterarme de todo, y descubrir si era solamente una ironía de la vida o algo mucho más profundo. Luego de dos horas de desvelo opté por la idea de ir a cortarme el pelo en la tarde siguiente. Mis ojos se abrieron temprano en la mañana, sin realizar ese momento medio que suelen hacer casi siempre al despertarme; esa instancia donde no están ni abiertos ni cerrados. Me vestí más rápido de lo normal. Luego del desayuno me sobró tiempo y tuve que sentarme en el sillón a esperar que un momento más cercano arribara para dirigirme a la parada de autobuses. Ya camino al supermercado, por primera vez pensé en otras cosas que las de siempre. Hoy no me preocupaba la larga jornada de trabajo que me esperaba reponiendo azúcar, cereales, lácteos y otros alimentos. Solo pretendía que llegara la hora que tenía de descanso. Traté de distraerme mirando ligeramente los alimentos que pasaban por mis manos. Sin embargo aquello parecía una grabación en cámara lenta. Por fin llegó la hora. Me desligué de mi uniforme, y me puse ropa de andar. Recorrí tres cuadras y doblé por una callé más ancha que las demás. Ahí estaba la peluquería. Me detuve en la vereda de enfrente. Aquella imagen parecía la misma que estaba en mi memoria. El mismo señor calvo de ayer estaba sentado en el sillón y a su lado una persona con indumentaria de peluquero. Crucé rápidamente la callé y me detuve frente a la puerta. Hice un alto y respiré hondo. Tomé el pestillo, le di una media vuelta y empujé la puerta. El hombre que estaba a un costado del señor calvo me recibió con una amplia sonrisa. Pronunció un nombre raro y de inmediato una mujer rubia apareció detrás de una puerta. Me invitó a sentarme en un sillón. Antes de que me lo preguntara le dije que simplemente quería una corte en mi pelo. Desde donde estaba podría ver el resto de la peluquería. El hombre calvo seguía conversando con quien estaba su lado y este le frotaba la cabeza con algo que tenía en su mano, algo que parecía una gasa. Yo sabía que era solo cuestión de tiempo, algo iba a pasar. Podía sentir la ambigüedad de todo el ambiente. El peluquero dejó un momento solo, al hombre que estaba sentado a varios metros de mí. Al volver, ya no llevaba en sus manos aquello que tenia aspecto esponjoso, pero entre sus dedos había otro objeto blanco. Mis sospechas no eran en vano. El peluquero entregó la bolsita transparente, con un contenido blanco, al hombre calvo. Este se la guardó en el bolsillo. Todo lo hicieron de manera disimulada pero alcancé a ver lo que pasaba. Unos minutos después el hombre calvo salía de la peluquería, como si nada hubiera pasado. Yo aun estaba sentado en aquel sillón. El peluquero había desaparecido tras una puerta y la mujer que se estaba ocupando de mi cabello aseguro que regresaría en breve. Apresuradamente y dominado por los nervios, saqué de mi bolsillo el teléfono celular que estuvo a punto de resbalar de mis manos. Mi corazón latía rápida y estrepitosamente. Marqué rápido el número y llamé. Me atendió una voz de mujer y sin darme cuenta que estaba gritando dije al teléfono- ¡Estoy en la peluquería de la calle Solsticio, número 723, venden droga, venden droga ¿me entiende?...qué esperan para venir, que venga rápido un policía, le acaban de vender droga a un tipo totalmente calvo!-. Colgué el teléfono con mis manos temblorosas y al instante sentí que algo muy duró me golpeó en la nuca, y todo se volvió negro. No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente. Cuando desperté me dolía mucho la cabeza y la espalda. Sentía las sirenas que se acercaban cada vez más. Pude abrir los ojos y vi que estaba sentado en el sillón en el que antes estaba el hombre calvo. Me miré al espejo y en mi cabeza ya no había pelo. Podía apreciar la piel que cubría mi cráneo. Me di media vuelta y me percaté de que en la peluquería ya no había nadie más. Acto seguido entraron tres policías por la puerta y pude ver dos mas por la ventana, todos ellos apuntándome con sus armas.

lunes, 15 de septiembre de 2008

La mazmorra del Hombre.


La libertad es el altar,
a donde todos queremos llegar,
pero también es el lugar,
donde pensamos en realidad estar.

Esta ansiada libertad,
se vuelve una limitación,
nos esconde la verdad,
y emancipa nuestra acción.

Somos libres al andar,
mas para nada al amar,
somos libres de engañar
pero en verdad no al pensar.

No concibo el argumento,
si existe dicha entidad,
no posee el firmamento,
esta absoluta verdad.

La completa libertad
no se puede admitir,
pues no es nuestra voluntad,
el comenzar a vivir.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Poema de un pecador.


Una pregunta sublime
domina mi pensamiento,
si el pecador se redime,
olvidará el sufrimiento.

Es propio del ser humano,
el acto de pecar,
pero el tenderse la mano
no basta para perdonar.

El pecado más horrible
es el pecado conciente,
cuando el pecador es libre
de decidir con su mente.

viernes, 5 de septiembre de 2008

La carrera del olvido.


No sé cómo empezar a relatar mi historia pero aquello era lo más importante de mi vida. Tres semanas llevaba durmiendo muy poco. Me despertaba cerca de diez veces cada madrugada. Los nervios crispaban mi cuerpo y antes de que el sol estuviera en cuclillas, yo ya me había resignado a levantarme de la cama. El tiempo era más lento de lo normal y aquellas tres semanas (sobre todo la última) habían sido las más largas de mi vida.
Anteanoche no conseguí dormir ni por un instante, ni siquiera después de tomar una pócima para el sueño. Cuando el reloj marcaba las seis de la madrugada, y por el dolor que sentía en todo el cuerpo, decidí que era hora de alejarme de las sábanas.
Tuve una pequeña discusión con mi sepillo de dientes y casi caigo envuelto en la cortina del baño. Sumamente ansioso comencé a prepararme el desayuno. Los nervios me hacían actuar con torpeza. Luego de quebrar una taza y tirar su contenido en el suelo, por fin conseguí sentarme en la mesa. Debo admitir que aquel desayuno fue el más raro de mi vida. Mi sentido del gusto debía estar aletargado. Las tostadas parecían galletas de arroz y el café parecía tener más de agua que de café mismo. Tenía la esperanza de que luego de ingerir aquello al menos pudiera decirse que sirvió para devorar el tiempo. Sin embargo luego de acabar el desayuno solo habían pasado unos escasos minutos. Me puse a dar vueltas por toda la casa hasta que me cansé. Acto seguido me dediqué a leer un libro de un autor inglés: Paul Shulmantks. Ya iba por la mitad cuando continué ese día. Es un libro fascinante que trata de las aventuras entre el tiempo, la realidad y sus respectivas explicaciones. Estuve cerca de una hora y cuarto leyéndolo. Me detuve cuando por fin se hizo la hora en que tenía que partir hacia el lugar de la carrera.
Llegué a la pista y una gran cantidad de gente estaba por todos lados.
Ya todo estaba preparado. Como habíamos quedado la noche anterior los muchachos llevaron el auto y estaba en perfectas condiciones. Su brillo era impresionante. Realmente una hermosura. Y lo mejor de todo es que no se quedaba solo en eso, sino que su motor estaba hecho de un alma veloz. Un altavoz informó que en cinco minutos debían presentarse todos los automóviles para la vuelta de prueba. Me sentía con un gran orgullo al vestir aquel equipo. Luego de colocarme el caso me subí a mi preciosura azul. Irónicamente, encerrado dentro de paredes de metal y plásticos era en el único lugar en donde me sentía libre. Podía desplazarme sin tener que estar aferrado al suelo, y sin alejarme de la tierra. El aire fresco rozaba mi cara, que parecía cortarlo y dividirlo para siempre. La vuelta de prueba fue muy satisfactoria. Después de ella nos colocamos cada uno en su posición para la verdadera carrera. Veintiún auto intentarían dar las once vueltas a la pista y cada uno de nosotros tenía igual deseo de ganar. El momento se acercaba. Mi corazón aumentaba cada vez más su ritmo. La bandera simulaba tener un peso enorme. Aquel brazo en el aire. Yo estaba en la posición 16 y me sentía como un animal enjaulado que espera abran un candado y una puerta para poder salir. Se escuchaban los motores de todos los autos enfurecidos. Por fin la bandera empujada por el tiempo y ayudada por la gravedad calló. Miles de gritos estallaron a la vez. Una gran sonrisa se dibujó en mi cara y tomé el volante con todas mis fuerzas, al mismo tiempo que pisaba el acelerador. Todo era fantástico. Ahora necesitaba concentración. Esta carrera debía ser mía, no podía perderla. Mi objetivo, como el de todos, era alcanzar los picos máximos de velocidad en las rectas y llegar a tiempo a las curvas, sin chocar con nadie. Comencé a rebasar a mis contrincantes. Primero uno, otro, hasta que llegué a la quinta posición. La gente gritaba de una forma espléndida y todos estaban expectantes. No vi sus caras, pero podía sentirlo. El material de la pista gastaba las cubiertas que despedían un olor muy fuerte. Conseguí quedar en la tercera posición luego de que Mc Neids chocara a Brutmaitl y ambos quedaran fuera de la carrera por algunos instantes. Solo cinco vueltas restaban. Sentía mi pecho contra el parabrisas y un golpeteo abrupto dentro de mi cuerpo. Mi mano izquierda temblaba tal vez por aferrarme tan ferozmente al volante, mientras mis piernas se colocaban ansiosas entre un cambio y otro. En la siguiente recta avancé como el fuego en la pólvora y quedé en segundo puesto. Dos vueltas nada más. Yo era conciente de quién era él, pero también me conocía y conocía a mi auto. Tendría pocas oportunidades para ganarle el lugar, porque quedaba muy poco de la carrera. Cada vez la gente gritaba con más fuerza. Yo sentía que la sangre circulaba por mis venas que se dilataban para dejarla pasar. En la curva siguiente sucedió, arrasé a Mihantwel que casi se sale de la pista. Ahora si, estaba en primer lugar. Por fin la carrera era mía. Solo una vuelta más. Solo una. La siguiente recta fue para mi tan larga como el resto de a carrera. A continuación una curva bien lograda. Luego otra recta acelerada a fondo. Una curva más y allí estaba. De frente a la llegada y viendo un cartel enorme. Iba a ganar. Aceleré a fondo y todo comenzó a temblar. Faltaban menos de doscientos metros. Enseguida oí una gran explosión. Algo o alguien querían arrebatarme el sueño y me negué a detenerme. Como si hubieran puesto algo en mi camino, alguna de las ruedas delanteras se trancó y volqué. Recuerdo haber dado muchas vueltas pero el resto es un abismo de olvido.
Ahora estoy acostado en una cama, en el hospital. Siento un dolor tremendo en todo el cuerpo. Sin duda agradeciendo por el milagro de mantener mi vida. Mi auto tenía más atributos de los que yo había aprehendido. No obstante me siento muy angustiado, deprimido y algo impotente por haber estado tan cerca y no poder lograrlo.
Alguien llama a la puerta. Una enfermera me entrega una carta que según ella llegó hace una semana y media atrás. Le agradezco y se retira. Es muy curioso, porque la carta tiene la fecha de hoy. Al abrirla me sorprendí mucho, porque tenía el sello oficial de la Asociación Automovilística Nacional. Iba dirigida a mí y me felicitaba por ganar la carrera de el día anterior.

lunes, 18 de agosto de 2008

Un joven anciano.


Mi cabeza apoyada en la ventanilla aprovechaba aquel momento para hacer un alto en el trabajo. Mis ojos se deleitaban observando el paisaje. El tren en el que yo iba se dirigía a Linstwerds. Desde que subí en Stkope, una señora rubia y delgada se sentó a mi lado. Tenía un aspecto algo enfermizo y no había realizado hasta el momento ningún movimiento brusco. De vez en cuando yo aprovechaba para observarla disimuladamente. Era un día de verano espléndido pero el cansancio me agobiaba, y el sueño se apoderaba de mí poco a poco. Unos cinco kilómetros antes de llegar a Roitnerd me quedé dormido. Desperté cuando ya habíamos pasado el pueblo, y me sorprendió un poco advertir que a mi lado ahora había una mujer con un pelo muy negro. Sin duda la otra mujer debió haber descendido del tren en Roitnerd. Saqué mi reloj de bolsillo y me fijé en él, el fin de la tarde se acercaba. Apoyé nuevamente mi cabeza en la ventanilla y no pude hacerle frente al acto de resistirme a mis propias ideas. Solo pensar en el trabajo me ponía mal, tantos papeles, empleados y quejas. Esos buitres que solemos llamar impuestos nunca me dejaban en paz. Encima los problemas en mi casa, las discusiones permanentes. Aquello parecía nunca acabar.
Otra vez el sueño volvió a invadirme y me quedé dormido por alrededor de madia hora. Al despertar asumí, esta vez con menos asombro, que una mujer pelirroja estaba en el asiento a mi lado. Luego comprendí que habíamos pasado por Colmords, una pequeña villa donde suelen detenerse los trenes. Mi nueva acompañante seguramente procedía de allí. Por la ventana se podían apreciar considerables montes de pinos y eucaliptos, y la primera nube del día arribaba por encima del horizonte. Ya faltaba menos de un kilómetro para llegar a Mitmelth, a donde yo iba. Comencé a aprontarme y luego de un par de minutos el tren empezó a detenerse. Me había parecido un viaje algo extraño, pero creí que todo no podía ser absolutamente rutinario. Cuando se detuvo por completo, la mujer que estaba a mi lado se puso de pie, y se dispuso a bajar lentamente del tren. Yo seguí sus pasos. Ya con los pies sobre la tierra contemplé cómo se marchaba el tren, y al darme vuelta vi a alguien que abrasaba a la mujer que antes se había sentado junto a mí, y le preguntaba cómo había sido el viaje desde Stkope. Ella murmuró algo que no llegué a oír, y él le respondió con un gesto de asombro.

sábado, 9 de agosto de 2008

Escritos: 1514: Los Sueños.


Los sueños son esos fieles testigos que solo conocen nuestro idioma y solo pueden comunicarse con nosotros mismos. Eso que sentimos mientras dormimos, y nuestro cuerpo está tirado, aparentemente inerte. Muchos pueden parecer abstractos, pero son sin duda el reflejo de lo que vivimos (en lo que nosotros llamamos “la realidad”), de lo sentimos, queremos, tememos, anhelamos, buscamos, odiamos, amamos o recordamos. Creo que resultan de la conjugación de todas estas cosas y tal vez por esto algunos sean tan complejos. Lo bueno es que cada uno tiene en sí un mundo diferente. Allí hasta las nociones más reales, e independientes al ser humano, se desdibujan. El tiempo, y el espacio dejan de ser rutinarios; pudiendo a pasar del día a la noche sin ver el crepúsculo; y dándosenos la posibilidad de estar en dos lugares a la vez, o hacer de varios lugares uno solo. El miedo se vuelve un elemento protagónico en muchos de los sueños, encarnándose en las pesadillas y haciéndonos vivir situaciones que al extremo nos parecen verídicas. No podemos controlar lo que soñamos, pero quizás podamos entenderlo, para eso tenemos que primero entender lo que sentimos cuando estamos despiertos. Mientras nuestros sentidos descansan pueden pasarnos cosa fantásticas. Podemos sentir que volamos, y aunque sabemos que eso no es posible no dejamos de creer en lo que estamos haciendo. Posiblemente ese sueño no sea más que la imagen de un gran deseo por poseer el don de las aves. En los sueños se nos permite romper las fronteras de la razón, somos capaces de salir de nuestro cuerpo, de creernos otra persona, e incluso dejar de ser humanos. El hecho de soñar no puede calificarse como algo bueno o malo, sino como un suceso más dentro de los tantos inexplicables, en lo profundo del alma humana.