domingo, 21 de diciembre de 2008


Montañas de ingenuidad
tachonando el césped
niños que corren palomas
y creen volar a su lado.


Mundos que se han ido perdiendo
en la carrera del tiempo
susurrando al oído del recuerdo
el drama de cada momento.


Sueños que posan en un cementerio
con las demás cosas nuevas
la vida su sepulturero
y el llanto que espera a que llueva.


Los años se vuelven la sangre
y el miedo la puerta sin llave
que nos remite al olvido
y al galope de la melancolía.


Aquellos pies mojados sobre la tierra
tienen un solo horizonte
el hilo de agua ya no es el ancho mar
y el barquito de papel perdió su identidad.


Objetos que se hacen más pequeños
y arrastran con ellos a la imaginación
que se oxida en la monotonía
y se pierde con el día a día.

martes, 4 de noviembre de 2008

Relato del mar.


Tenía los ojos cerrados, y al abrirlos desperté en un mundo de arenas, que se fusionaban con el mar. Allí estaba yo, sin saber cómo había llegado, ni por qué. Sin embargo eso no me preocupaba. Fue curioso porque sin tener un antecedente de aquello, por la tranquilidad denotada por mi ser, yo parecía estar informado de todo. No era más que la continuación normal de mi vida. Estoy sentado en la arena, con los brazos apoyados casi detrás de mi espalda. El mar estaba en calma, pero aun así grandes olas llegaban a la orilla. Yo pensaba que a pesar de la desnutrida brisa que sentía, no se le podía pedir más quietud al mar. En pleno océano las olas nunca se pierden del todo. El agua estaba casi tan azul como el cielo. Puedo decir que no había una sola nube en él. Se veía hermosísimo, dominado por el sol de la tarde ya madura. Ese sol típico de la playa, que cuando se acerca el atardecer llega y parece acariciarnos, haciendo que nuestro cuerpo y sobre todo, el rostro, sientan una sensación de tibieza.
Cada parpadeo de mis ojos parece darse en largos períodos de tiempo, tal vez así sea. El miedo me invade, temo que al cerrar los ojos alguien me arrebate la tranquilidad en la que vivo ahora. Mis dedos se internan en la arena, como clavos que atraviesan una madera de cedro. Tengo que esforzarme para sacar del suelo mi mano derecha, y así luego apoyarla y poder sacar la izquierda. Refriego mis manos y me pongo de pie. Primero giro y luego parece que el mundo gira en torno a mí. Ahora todo se detiene, y en un vuelo de gaviota todo vuelve a ser normal. Arena gruesa y fina se mezclan en una sola, que varía según la cercanía de la espuma del mar. El lugar parece solo mío, como si nunca nadie hubiera estado allí, como si la virginidad del mundo volviera a la creación. El viento nos hace a la vez ingenuos e ignorantes. Tal vez alguien estuvo allí hace solo una horas, pero no lo se, no puedo saberlo. No se ve una sola huella. La arena y su relieve se extienden, según mi vista, desde el mar y se alejan de él, mientras se cuelan por debajo de pequeños pastos que terminan convirtiéndose en matorrales y luego en un gran bosque. Allí están, incontable cantidad de pinos, que acompañan la playa en su largo camino. Parece un mosaico, que se reitera por kilómetros, lo que para mí es el infinito.
A lo lejos alcanzo a ver algo, que sobresale de la arena. Me dirijo hacia el lugar, y compruebo que es un montón de tablas, que seguramente son el fruto de otro fruto. El mar las dejó allí, luego de que alguien las dejara caer en él.
El agua parece algo más movida, pero la brisa sigue siendo muy calma. Se acerca el crepúsculo. Busco un lugar inclinado hacia el mar y me dejo caer en la arena. La noche se apresura en llegar. La luna ocupa el lugar que el sol tiene luego del amanecer y las estrellas sirven de compañía. Es sin duda un deleite de mis ojos y mis oídos. Los bramidos del mar son contenidos por el apacible viento y la belleza del cielo. Cierro los ojos una vez más, ahora ya sin miedo.

sábado, 25 de octubre de 2008

Viento




Viento que llegas sin avisar
disparo que nadie ve partir,
espera y no tardan al llegar
las puertas que se logran abrir.

Si tú vienes por cualquier lugar
los árboles temen tu latir,
la helada no puede matar
y los sueños vuelan por vivir.

Acaricias muy suave la mar
vive el polvo en tu existir,
en tus miedos se logra el amar
lleno de recuerdos al morir.

domingo, 5 de octubre de 2008

Confusión por un pelo.


Parado frente a la vereda que estaba enfrente de mí, ahí estaba yo. Al costado de la parada de autobuses. Por encima del suelo y por debajo del cielo. Caminé unos cincuenta pasos para llegar al quiosco. Necesitaba goma de mascar. Algo para poner en mi boca y calmar los nervios. El chicle con efecto de azúcar lograba canalizar mis pensamientos. Aquello que había visto no era algo común, no podía serlo. Mi zapatos se frotaban entre si y las piedrillas del suelo se internaban en las suelas. En mis manos se abrían marcas creadas por mis propias uñas. No le podía encontrar una explicación al suceso. Subí al autobús y me fui meditando todo el camino hasta mi casa sin hallar un consuelo, con el aire fresco golpeando mi rostro. Al llegar, dejé mi billetera sobre la mesa. No dije nada a mi esposa ni a mis hijos, supuse que se reirían. Puse mis ojos en la televisión si poder mirarla un segundo. Primero pensé en desentenderme y dejar lo que había visto, de lado. Pero luego pensé en dos cosas, por una parte si todos los hombres hiciéramos caso omiso a todo, el mundo sería más indiferente de lo que es hoy. Lo otro que se me vino a la mente fue la frase de una profesora que tuve en la secundaria: “El hombre tiene curiosidad, y la duda lo mueve más que cualquier causa”. Definitivamente la incertidumbre no me era grata. Yo tenía que saber lo que allí pasaba. Al acostarme no pude dejar de pensar en qué iba a hacer para enterarme de todo, y descubrir si era solamente una ironía de la vida o algo mucho más profundo. Luego de dos horas de desvelo opté por la idea de ir a cortarme el pelo en la tarde siguiente. Mis ojos se abrieron temprano en la mañana, sin realizar ese momento medio que suelen hacer casi siempre al despertarme; esa instancia donde no están ni abiertos ni cerrados. Me vestí más rápido de lo normal. Luego del desayuno me sobró tiempo y tuve que sentarme en el sillón a esperar que un momento más cercano arribara para dirigirme a la parada de autobuses. Ya camino al supermercado, por primera vez pensé en otras cosas que las de siempre. Hoy no me preocupaba la larga jornada de trabajo que me esperaba reponiendo azúcar, cereales, lácteos y otros alimentos. Solo pretendía que llegara la hora que tenía de descanso. Traté de distraerme mirando ligeramente los alimentos que pasaban por mis manos. Sin embargo aquello parecía una grabación en cámara lenta. Por fin llegó la hora. Me desligué de mi uniforme, y me puse ropa de andar. Recorrí tres cuadras y doblé por una callé más ancha que las demás. Ahí estaba la peluquería. Me detuve en la vereda de enfrente. Aquella imagen parecía la misma que estaba en mi memoria. El mismo señor calvo de ayer estaba sentado en el sillón y a su lado una persona con indumentaria de peluquero. Crucé rápidamente la callé y me detuve frente a la puerta. Hice un alto y respiré hondo. Tomé el pestillo, le di una media vuelta y empujé la puerta. El hombre que estaba a un costado del señor calvo me recibió con una amplia sonrisa. Pronunció un nombre raro y de inmediato una mujer rubia apareció detrás de una puerta. Me invitó a sentarme en un sillón. Antes de que me lo preguntara le dije que simplemente quería una corte en mi pelo. Desde donde estaba podría ver el resto de la peluquería. El hombre calvo seguía conversando con quien estaba su lado y este le frotaba la cabeza con algo que tenía en su mano, algo que parecía una gasa. Yo sabía que era solo cuestión de tiempo, algo iba a pasar. Podía sentir la ambigüedad de todo el ambiente. El peluquero dejó un momento solo, al hombre que estaba sentado a varios metros de mí. Al volver, ya no llevaba en sus manos aquello que tenia aspecto esponjoso, pero entre sus dedos había otro objeto blanco. Mis sospechas no eran en vano. El peluquero entregó la bolsita transparente, con un contenido blanco, al hombre calvo. Este se la guardó en el bolsillo. Todo lo hicieron de manera disimulada pero alcancé a ver lo que pasaba. Unos minutos después el hombre calvo salía de la peluquería, como si nada hubiera pasado. Yo aun estaba sentado en aquel sillón. El peluquero había desaparecido tras una puerta y la mujer que se estaba ocupando de mi cabello aseguro que regresaría en breve. Apresuradamente y dominado por los nervios, saqué de mi bolsillo el teléfono celular que estuvo a punto de resbalar de mis manos. Mi corazón latía rápida y estrepitosamente. Marqué rápido el número y llamé. Me atendió una voz de mujer y sin darme cuenta que estaba gritando dije al teléfono- ¡Estoy en la peluquería de la calle Solsticio, número 723, venden droga, venden droga ¿me entiende?...qué esperan para venir, que venga rápido un policía, le acaban de vender droga a un tipo totalmente calvo!-. Colgué el teléfono con mis manos temblorosas y al instante sentí que algo muy duró me golpeó en la nuca, y todo se volvió negro. No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente. Cuando desperté me dolía mucho la cabeza y la espalda. Sentía las sirenas que se acercaban cada vez más. Pude abrir los ojos y vi que estaba sentado en el sillón en el que antes estaba el hombre calvo. Me miré al espejo y en mi cabeza ya no había pelo. Podía apreciar la piel que cubría mi cráneo. Me di media vuelta y me percaté de que en la peluquería ya no había nadie más. Acto seguido entraron tres policías por la puerta y pude ver dos mas por la ventana, todos ellos apuntándome con sus armas.

lunes, 15 de septiembre de 2008

La mazmorra del Hombre.


La libertad es el altar,
a donde todos queremos llegar,
pero también es el lugar,
donde pensamos en realidad estar.

Esta ansiada libertad,
se vuelve una limitación,
nos esconde la verdad,
y emancipa nuestra acción.

Somos libres al andar,
mas para nada al amar,
somos libres de engañar
pero en verdad no al pensar.

No concibo el argumento,
si existe dicha entidad,
no posee el firmamento,
esta absoluta verdad.

La completa libertad
no se puede admitir,
pues no es nuestra voluntad,
el comenzar a vivir.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Poema de un pecador.


Una pregunta sublime
domina mi pensamiento,
si el pecador se redime,
olvidará el sufrimiento.

Es propio del ser humano,
el acto de pecar,
pero el tenderse la mano
no basta para perdonar.

El pecado más horrible
es el pecado conciente,
cuando el pecador es libre
de decidir con su mente.

viernes, 5 de septiembre de 2008

La carrera del olvido.


No sé cómo empezar a relatar mi historia pero aquello era lo más importante de mi vida. Tres semanas llevaba durmiendo muy poco. Me despertaba cerca de diez veces cada madrugada. Los nervios crispaban mi cuerpo y antes de que el sol estuviera en cuclillas, yo ya me había resignado a levantarme de la cama. El tiempo era más lento de lo normal y aquellas tres semanas (sobre todo la última) habían sido las más largas de mi vida.
Anteanoche no conseguí dormir ni por un instante, ni siquiera después de tomar una pócima para el sueño. Cuando el reloj marcaba las seis de la madrugada, y por el dolor que sentía en todo el cuerpo, decidí que era hora de alejarme de las sábanas.
Tuve una pequeña discusión con mi sepillo de dientes y casi caigo envuelto en la cortina del baño. Sumamente ansioso comencé a prepararme el desayuno. Los nervios me hacían actuar con torpeza. Luego de quebrar una taza y tirar su contenido en el suelo, por fin conseguí sentarme en la mesa. Debo admitir que aquel desayuno fue el más raro de mi vida. Mi sentido del gusto debía estar aletargado. Las tostadas parecían galletas de arroz y el café parecía tener más de agua que de café mismo. Tenía la esperanza de que luego de ingerir aquello al menos pudiera decirse que sirvió para devorar el tiempo. Sin embargo luego de acabar el desayuno solo habían pasado unos escasos minutos. Me puse a dar vueltas por toda la casa hasta que me cansé. Acto seguido me dediqué a leer un libro de un autor inglés: Paul Shulmantks. Ya iba por la mitad cuando continué ese día. Es un libro fascinante que trata de las aventuras entre el tiempo, la realidad y sus respectivas explicaciones. Estuve cerca de una hora y cuarto leyéndolo. Me detuve cuando por fin se hizo la hora en que tenía que partir hacia el lugar de la carrera.
Llegué a la pista y una gran cantidad de gente estaba por todos lados.
Ya todo estaba preparado. Como habíamos quedado la noche anterior los muchachos llevaron el auto y estaba en perfectas condiciones. Su brillo era impresionante. Realmente una hermosura. Y lo mejor de todo es que no se quedaba solo en eso, sino que su motor estaba hecho de un alma veloz. Un altavoz informó que en cinco minutos debían presentarse todos los automóviles para la vuelta de prueba. Me sentía con un gran orgullo al vestir aquel equipo. Luego de colocarme el caso me subí a mi preciosura azul. Irónicamente, encerrado dentro de paredes de metal y plásticos era en el único lugar en donde me sentía libre. Podía desplazarme sin tener que estar aferrado al suelo, y sin alejarme de la tierra. El aire fresco rozaba mi cara, que parecía cortarlo y dividirlo para siempre. La vuelta de prueba fue muy satisfactoria. Después de ella nos colocamos cada uno en su posición para la verdadera carrera. Veintiún auto intentarían dar las once vueltas a la pista y cada uno de nosotros tenía igual deseo de ganar. El momento se acercaba. Mi corazón aumentaba cada vez más su ritmo. La bandera simulaba tener un peso enorme. Aquel brazo en el aire. Yo estaba en la posición 16 y me sentía como un animal enjaulado que espera abran un candado y una puerta para poder salir. Se escuchaban los motores de todos los autos enfurecidos. Por fin la bandera empujada por el tiempo y ayudada por la gravedad calló. Miles de gritos estallaron a la vez. Una gran sonrisa se dibujó en mi cara y tomé el volante con todas mis fuerzas, al mismo tiempo que pisaba el acelerador. Todo era fantástico. Ahora necesitaba concentración. Esta carrera debía ser mía, no podía perderla. Mi objetivo, como el de todos, era alcanzar los picos máximos de velocidad en las rectas y llegar a tiempo a las curvas, sin chocar con nadie. Comencé a rebasar a mis contrincantes. Primero uno, otro, hasta que llegué a la quinta posición. La gente gritaba de una forma espléndida y todos estaban expectantes. No vi sus caras, pero podía sentirlo. El material de la pista gastaba las cubiertas que despedían un olor muy fuerte. Conseguí quedar en la tercera posición luego de que Mc Neids chocara a Brutmaitl y ambos quedaran fuera de la carrera por algunos instantes. Solo cinco vueltas restaban. Sentía mi pecho contra el parabrisas y un golpeteo abrupto dentro de mi cuerpo. Mi mano izquierda temblaba tal vez por aferrarme tan ferozmente al volante, mientras mis piernas se colocaban ansiosas entre un cambio y otro. En la siguiente recta avancé como el fuego en la pólvora y quedé en segundo puesto. Dos vueltas nada más. Yo era conciente de quién era él, pero también me conocía y conocía a mi auto. Tendría pocas oportunidades para ganarle el lugar, porque quedaba muy poco de la carrera. Cada vez la gente gritaba con más fuerza. Yo sentía que la sangre circulaba por mis venas que se dilataban para dejarla pasar. En la curva siguiente sucedió, arrasé a Mihantwel que casi se sale de la pista. Ahora si, estaba en primer lugar. Por fin la carrera era mía. Solo una vuelta más. Solo una. La siguiente recta fue para mi tan larga como el resto de a carrera. A continuación una curva bien lograda. Luego otra recta acelerada a fondo. Una curva más y allí estaba. De frente a la llegada y viendo un cartel enorme. Iba a ganar. Aceleré a fondo y todo comenzó a temblar. Faltaban menos de doscientos metros. Enseguida oí una gran explosión. Algo o alguien querían arrebatarme el sueño y me negué a detenerme. Como si hubieran puesto algo en mi camino, alguna de las ruedas delanteras se trancó y volqué. Recuerdo haber dado muchas vueltas pero el resto es un abismo de olvido.
Ahora estoy acostado en una cama, en el hospital. Siento un dolor tremendo en todo el cuerpo. Sin duda agradeciendo por el milagro de mantener mi vida. Mi auto tenía más atributos de los que yo había aprehendido. No obstante me siento muy angustiado, deprimido y algo impotente por haber estado tan cerca y no poder lograrlo.
Alguien llama a la puerta. Una enfermera me entrega una carta que según ella llegó hace una semana y media atrás. Le agradezco y se retira. Es muy curioso, porque la carta tiene la fecha de hoy. Al abrirla me sorprendí mucho, porque tenía el sello oficial de la Asociación Automovilística Nacional. Iba dirigida a mí y me felicitaba por ganar la carrera de el día anterior.