
Mi cabeza apoyada en la ventanilla aprovechaba aquel momento para hacer un alto en el trabajo. Mis ojos se deleitaban observando el paisaje. El tren en el que yo iba se dirigía a Linstwerds. Desde que subí en Stkope, una señora rubia y delgada se sentó a mi lado. Tenía un aspecto algo enfermizo y no había realizado hasta el momento ningún movimiento brusco. De vez en cuando yo aprovechaba para observarla disimuladamente. Era un día de verano espléndido pero el cansancio me agobiaba, y el sueño se apoderaba de mí poco a poco. Unos cinco kilómetros antes de llegar a Roitnerd me quedé dormido. Desperté cuando ya habíamos pasado el pueblo, y me sorprendió un poco advertir que a mi lado ahora había una mujer con un pelo muy negro. Sin duda la otra mujer debió haber descendido del tren en Roitnerd. Saqué mi reloj de bolsillo y me fijé en él, el fin de la tarde se acercaba. Apoyé nuevamente mi cabeza en la ventanilla y no pude hacerle frente al acto de resistirme a mis propias ideas. Solo pensar en el trabajo me ponía mal, tantos papeles, empleados y quejas. Esos buitres que solemos llamar impuestos nunca me dejaban en paz. Encima los problemas en mi casa, las discusiones permanentes. Aquello parecía nunca acabar.
Otra vez el sueño volvió a invadirme y me quedé dormido por alrededor de madia hora. Al despertar asumí, esta vez con menos asombro, que una mujer pelirroja estaba en el asiento a mi lado. Luego comprendí que habíamos pasado por Colmords, una pequeña villa donde suelen detenerse los trenes. Mi nueva acompañante seguramente procedía de allí. Por la ventana se podían apreciar considerables montes de pinos y eucaliptos, y la primera nube del día arribaba por encima del horizonte. Ya faltaba menos de un kilómetro para llegar a Mitmelth, a donde yo iba. Comencé a aprontarme y luego de un par de minutos el tren empezó a detenerse. Me había parecido un viaje algo extraño, pero creí que todo no podía ser absolutamente rutinario. Cuando se detuvo por completo, la mujer que estaba a mi lado se puso de pie, y se dispuso a bajar lentamente del tren. Yo seguí sus pasos. Ya con los pies sobre la tierra contemplé cómo se marchaba el tren, y al darme vuelta vi a alguien que abrasaba a la mujer que antes se había sentado junto a mí, y le preguntaba cómo había sido el viaje desde Stkope. Ella murmuró algo que no llegué a oír, y él le respondió con un gesto de asombro.
Otra vez el sueño volvió a invadirme y me quedé dormido por alrededor de madia hora. Al despertar asumí, esta vez con menos asombro, que una mujer pelirroja estaba en el asiento a mi lado. Luego comprendí que habíamos pasado por Colmords, una pequeña villa donde suelen detenerse los trenes. Mi nueva acompañante seguramente procedía de allí. Por la ventana se podían apreciar considerables montes de pinos y eucaliptos, y la primera nube del día arribaba por encima del horizonte. Ya faltaba menos de un kilómetro para llegar a Mitmelth, a donde yo iba. Comencé a aprontarme y luego de un par de minutos el tren empezó a detenerse. Me había parecido un viaje algo extraño, pero creí que todo no podía ser absolutamente rutinario. Cuando se detuvo por completo, la mujer que estaba a mi lado se puso de pie, y se dispuso a bajar lentamente del tren. Yo seguí sus pasos. Ya con los pies sobre la tierra contemplé cómo se marchaba el tren, y al darme vuelta vi a alguien que abrasaba a la mujer que antes se había sentado junto a mí, y le preguntaba cómo había sido el viaje desde Stkope. Ella murmuró algo que no llegué a oír, y él le respondió con un gesto de asombro.