
Sus sospechas provenían de muchos meses atrás. Se mujer mostraba cada día menos predisposición y alegría hacia él. Ella, ocasionalmente, llegaba más tarde de lo debido, dando explicaciones sin sentido. Estaban unidos por quince años de matrimonio y parecía que esto era lo que más los alejaba. Él era de una buena clase social, pero su empresa en lo últimos meses había decaído mucho, y posiblemente el año entrante tendrían que cerrarla. Ella trabajaba en una asociación para el cuidado de los ancianos y era frecuente que se quedara hasta altas horas de la noche, según ella en su oficina y haciendo proyectos que no podían esperar al día siguiente. Otras veces regresaba del trabajo, estaba media hora con su marido y volvía a la asociación. Él la esperaba sentado en la sala, mientras le echaba un ojo al periódico. Un día notó particularmente extraña a su esposa, y la halló muy nerviosa. Ella le dijo que tendría que volver a su trabajo, porque había olvidado su cartera. Después de que ella se marchara en la camioneta, él le pidió prestado el auto a su vecino Stoply. Había dos autos más en la cochera, pero no podía usar ninguno de los dos en esa ocasión. Sabía que ella tendría que parar en la estación de servicios, para cargar combustible, porque a la camioneta le quedaba muy poco; y eso le daría el tiempo suficiente para alcanzarla. Luego de medio kilómetro en el auto, él vio a su mujer saliendo del lugar donde él pensaba, debía haberse detenido ella, y con mucha cautela siguió su mismo camino. Pasaron alrededor de quince minutos antes de que la mujer comenzara a disminuir notoriamente la velocidad, hasta parar por completo frente a una linda y amplia casa de color blanco. Él se quedó a varios metros de distancia, dentro del auto y con las luces y el motor apagado. Ella Entró en la casa como si fuera la suya. Su esposo se bajó rápidamente del auto y fue corriendo hasta la casa. Se paró un momento. No sabía qué hacer, hasta que decidió aproximarse a una ventana. La cortina estaba corrida, pero un pequeño trozo de vidrio sin cubrir hacía del lugar, el sitio perfecto para un espía. Dentro de la casa solo habían dos personas: su mujer y un hombre de aproximadamente unos cuarenta años. Los dos estaban abrasados y mirándose de frente. Comenzaron a besarse de manera apasionada, a la vez que lo ojos de quien miraba por la ventana se llenaban de lágrimas. Allí estaba su mujer y el hombre que le había quitado el amor de ella. Ambos se desnudaban, mientras continuaban besándose y caían sobre una cama. Las sospechas parecían no ser falsas. El recuerdo de una mujer pura y un vestido blanco se desintegraba, y se perdía en el tiempo. Se encontraba viendo cómo su mujer estaba con otro hombre, y no hacía nada para evitarlo, absolutamente nada. No quería hacerlo. Prefería que fuera de otro, antes que perder su amor por completo. Decidió no mirar más y fue engañosa la sensación que recorrió su cuerpo, al cerrar los ojos y sentir como si una almohada sostuviera su cuello; y tan doloroso era lo que vivía que al estirar su mano le parecía que podía tocar a su esposa.