viernes, 16 de enero de 2009

El sueño de una niña.


Sentados en la orilla de un atardecer
se juntan la niebla y el silencio
rehaciendo lo que se ha vuelto a deshacer.

A tientas busca el cielo inmenso
nubes con tristeza y ganas de llorar
mas solo encuentra un vació intenso.

La luna comienza otra vez a mirar
con ojos de estrellas confundidas
que reflejan sus luces en un gélido mar.

Ciudad que descansa en luces encendidas
recorridos leves por aquel sendero
recuerdos borrados de un millón de vidas
historias trazadas por un gran guerrero.

jueves, 1 de enero de 2009

¡Felicia me muero!


Comenzamos el 2009. Este blog va hacia su segundo año de existencia. En primer lugar queremos agradecer a los lectores, que pasan y dejan sus valiosos comentarios; y también a los que leen y se abstienen de comentar. Digo que queremos, porque más allá de que el titular soy yo, el blog no se sustenta solo en mi, sino también en otras personas que ayudan mucho y aportan (a veces sin querer) mucha ideas.
Lo siguiente es que tengo que disculparme por ser tan irregular. Me he dado cuenta que esto es un compromiso y conlleva también su grado de responsabilidad. Si tuviera que brindar argumentos sólidos para decir por qué no escribo más a menudo diría que no los tengo. La única razón suele ser el desgano, o la falta de idea claras.
Precisamente hoy tuve una charla con LDL sobre este tema. Como me decía él, la ansiedad es unos de los pecados más populares de los escritores, y lamentablemente somos muy idealitas. Muchas veces esperamos un momento casi utópico para escribir, ese destello de inspiración que se vuelve una tortura cuando no se tiene.
El tiempo hace de nosotros una cárcel, o mejor dicho reclusos de una cárcel que no existe. Decir que no tenemos tiempo para la escritura es una forma de camuflar otras situaciones. Por desgracia me pasa muy seguido. Tengo espacioso libres en lo que me podría dedicar a mi blog, pero con frecuencia hago otras actividades. Aquí es donde siempre llego a lo que hablábamos con LDL : la desesperación. Es como un circulo retroactivo. La sensación de la escasez del tiempo hace que nos desesperemos, y la desesperación conlleva a que afirmemos que no tenemos tiempo. Muchas veces me angustio por ello.
Cada texto suele ser una satisfacción para mí. No importa si es muy bueno, o si es malo, el hecho de concluir algo genera una gran sensación de gratitud que se reconforta con los comentarios que dejan los lectores. A veces digo “ ¿Pero qué carajo publiqué en mi blog?. Este texto es horrible.” . Lo bueno de esto es que si digo eso es que hoy sé algo más, o comprendo mejor las cosas que no comprendía en el momento en que escribí el texto.
En fin, muchos dirán que no me debo castigar, pero por algo soy humano(o eso creo). La vida sigue y el tiempo pasa. Intentaré ser más cumplidor con ustedes y conmigo mismo. Elaullidodelzapato les desea a todos un muy feliz 2009 y ojalá que el sol siga naciendo en oriente.

domingo, 21 de diciembre de 2008


Montañas de ingenuidad
tachonando el césped
niños que corren palomas
y creen volar a su lado.


Mundos que se han ido perdiendo
en la carrera del tiempo
susurrando al oído del recuerdo
el drama de cada momento.


Sueños que posan en un cementerio
con las demás cosas nuevas
la vida su sepulturero
y el llanto que espera a que llueva.


Los años se vuelven la sangre
y el miedo la puerta sin llave
que nos remite al olvido
y al galope de la melancolía.


Aquellos pies mojados sobre la tierra
tienen un solo horizonte
el hilo de agua ya no es el ancho mar
y el barquito de papel perdió su identidad.


Objetos que se hacen más pequeños
y arrastran con ellos a la imaginación
que se oxida en la monotonía
y se pierde con el día a día.

martes, 4 de noviembre de 2008

Relato del mar.


Tenía los ojos cerrados, y al abrirlos desperté en un mundo de arenas, que se fusionaban con el mar. Allí estaba yo, sin saber cómo había llegado, ni por qué. Sin embargo eso no me preocupaba. Fue curioso porque sin tener un antecedente de aquello, por la tranquilidad denotada por mi ser, yo parecía estar informado de todo. No era más que la continuación normal de mi vida. Estoy sentado en la arena, con los brazos apoyados casi detrás de mi espalda. El mar estaba en calma, pero aun así grandes olas llegaban a la orilla. Yo pensaba que a pesar de la desnutrida brisa que sentía, no se le podía pedir más quietud al mar. En pleno océano las olas nunca se pierden del todo. El agua estaba casi tan azul como el cielo. Puedo decir que no había una sola nube en él. Se veía hermosísimo, dominado por el sol de la tarde ya madura. Ese sol típico de la playa, que cuando se acerca el atardecer llega y parece acariciarnos, haciendo que nuestro cuerpo y sobre todo, el rostro, sientan una sensación de tibieza.
Cada parpadeo de mis ojos parece darse en largos períodos de tiempo, tal vez así sea. El miedo me invade, temo que al cerrar los ojos alguien me arrebate la tranquilidad en la que vivo ahora. Mis dedos se internan en la arena, como clavos que atraviesan una madera de cedro. Tengo que esforzarme para sacar del suelo mi mano derecha, y así luego apoyarla y poder sacar la izquierda. Refriego mis manos y me pongo de pie. Primero giro y luego parece que el mundo gira en torno a mí. Ahora todo se detiene, y en un vuelo de gaviota todo vuelve a ser normal. Arena gruesa y fina se mezclan en una sola, que varía según la cercanía de la espuma del mar. El lugar parece solo mío, como si nunca nadie hubiera estado allí, como si la virginidad del mundo volviera a la creación. El viento nos hace a la vez ingenuos e ignorantes. Tal vez alguien estuvo allí hace solo una horas, pero no lo se, no puedo saberlo. No se ve una sola huella. La arena y su relieve se extienden, según mi vista, desde el mar y se alejan de él, mientras se cuelan por debajo de pequeños pastos que terminan convirtiéndose en matorrales y luego en un gran bosque. Allí están, incontable cantidad de pinos, que acompañan la playa en su largo camino. Parece un mosaico, que se reitera por kilómetros, lo que para mí es el infinito.
A lo lejos alcanzo a ver algo, que sobresale de la arena. Me dirijo hacia el lugar, y compruebo que es un montón de tablas, que seguramente son el fruto de otro fruto. El mar las dejó allí, luego de que alguien las dejara caer en él.
El agua parece algo más movida, pero la brisa sigue siendo muy calma. Se acerca el crepúsculo. Busco un lugar inclinado hacia el mar y me dejo caer en la arena. La noche se apresura en llegar. La luna ocupa el lugar que el sol tiene luego del amanecer y las estrellas sirven de compañía. Es sin duda un deleite de mis ojos y mis oídos. Los bramidos del mar son contenidos por el apacible viento y la belleza del cielo. Cierro los ojos una vez más, ahora ya sin miedo.

sábado, 25 de octubre de 2008

Viento




Viento que llegas sin avisar
disparo que nadie ve partir,
espera y no tardan al llegar
las puertas que se logran abrir.

Si tú vienes por cualquier lugar
los árboles temen tu latir,
la helada no puede matar
y los sueños vuelan por vivir.

Acaricias muy suave la mar
vive el polvo en tu existir,
en tus miedos se logra el amar
lleno de recuerdos al morir.

domingo, 5 de octubre de 2008

Confusión por un pelo.


Parado frente a la vereda que estaba enfrente de mí, ahí estaba yo. Al costado de la parada de autobuses. Por encima del suelo y por debajo del cielo. Caminé unos cincuenta pasos para llegar al quiosco. Necesitaba goma de mascar. Algo para poner en mi boca y calmar los nervios. El chicle con efecto de azúcar lograba canalizar mis pensamientos. Aquello que había visto no era algo común, no podía serlo. Mi zapatos se frotaban entre si y las piedrillas del suelo se internaban en las suelas. En mis manos se abrían marcas creadas por mis propias uñas. No le podía encontrar una explicación al suceso. Subí al autobús y me fui meditando todo el camino hasta mi casa sin hallar un consuelo, con el aire fresco golpeando mi rostro. Al llegar, dejé mi billetera sobre la mesa. No dije nada a mi esposa ni a mis hijos, supuse que se reirían. Puse mis ojos en la televisión si poder mirarla un segundo. Primero pensé en desentenderme y dejar lo que había visto, de lado. Pero luego pensé en dos cosas, por una parte si todos los hombres hiciéramos caso omiso a todo, el mundo sería más indiferente de lo que es hoy. Lo otro que se me vino a la mente fue la frase de una profesora que tuve en la secundaria: “El hombre tiene curiosidad, y la duda lo mueve más que cualquier causa”. Definitivamente la incertidumbre no me era grata. Yo tenía que saber lo que allí pasaba. Al acostarme no pude dejar de pensar en qué iba a hacer para enterarme de todo, y descubrir si era solamente una ironía de la vida o algo mucho más profundo. Luego de dos horas de desvelo opté por la idea de ir a cortarme el pelo en la tarde siguiente. Mis ojos se abrieron temprano en la mañana, sin realizar ese momento medio que suelen hacer casi siempre al despertarme; esa instancia donde no están ni abiertos ni cerrados. Me vestí más rápido de lo normal. Luego del desayuno me sobró tiempo y tuve que sentarme en el sillón a esperar que un momento más cercano arribara para dirigirme a la parada de autobuses. Ya camino al supermercado, por primera vez pensé en otras cosas que las de siempre. Hoy no me preocupaba la larga jornada de trabajo que me esperaba reponiendo azúcar, cereales, lácteos y otros alimentos. Solo pretendía que llegara la hora que tenía de descanso. Traté de distraerme mirando ligeramente los alimentos que pasaban por mis manos. Sin embargo aquello parecía una grabación en cámara lenta. Por fin llegó la hora. Me desligué de mi uniforme, y me puse ropa de andar. Recorrí tres cuadras y doblé por una callé más ancha que las demás. Ahí estaba la peluquería. Me detuve en la vereda de enfrente. Aquella imagen parecía la misma que estaba en mi memoria. El mismo señor calvo de ayer estaba sentado en el sillón y a su lado una persona con indumentaria de peluquero. Crucé rápidamente la callé y me detuve frente a la puerta. Hice un alto y respiré hondo. Tomé el pestillo, le di una media vuelta y empujé la puerta. El hombre que estaba a un costado del señor calvo me recibió con una amplia sonrisa. Pronunció un nombre raro y de inmediato una mujer rubia apareció detrás de una puerta. Me invitó a sentarme en un sillón. Antes de que me lo preguntara le dije que simplemente quería una corte en mi pelo. Desde donde estaba podría ver el resto de la peluquería. El hombre calvo seguía conversando con quien estaba su lado y este le frotaba la cabeza con algo que tenía en su mano, algo que parecía una gasa. Yo sabía que era solo cuestión de tiempo, algo iba a pasar. Podía sentir la ambigüedad de todo el ambiente. El peluquero dejó un momento solo, al hombre que estaba sentado a varios metros de mí. Al volver, ya no llevaba en sus manos aquello que tenia aspecto esponjoso, pero entre sus dedos había otro objeto blanco. Mis sospechas no eran en vano. El peluquero entregó la bolsita transparente, con un contenido blanco, al hombre calvo. Este se la guardó en el bolsillo. Todo lo hicieron de manera disimulada pero alcancé a ver lo que pasaba. Unos minutos después el hombre calvo salía de la peluquería, como si nada hubiera pasado. Yo aun estaba sentado en aquel sillón. El peluquero había desaparecido tras una puerta y la mujer que se estaba ocupando de mi cabello aseguro que regresaría en breve. Apresuradamente y dominado por los nervios, saqué de mi bolsillo el teléfono celular que estuvo a punto de resbalar de mis manos. Mi corazón latía rápida y estrepitosamente. Marqué rápido el número y llamé. Me atendió una voz de mujer y sin darme cuenta que estaba gritando dije al teléfono- ¡Estoy en la peluquería de la calle Solsticio, número 723, venden droga, venden droga ¿me entiende?...qué esperan para venir, que venga rápido un policía, le acaban de vender droga a un tipo totalmente calvo!-. Colgué el teléfono con mis manos temblorosas y al instante sentí que algo muy duró me golpeó en la nuca, y todo se volvió negro. No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente. Cuando desperté me dolía mucho la cabeza y la espalda. Sentía las sirenas que se acercaban cada vez más. Pude abrir los ojos y vi que estaba sentado en el sillón en el que antes estaba el hombre calvo. Me miré al espejo y en mi cabeza ya no había pelo. Podía apreciar la piel que cubría mi cráneo. Me di media vuelta y me percaté de que en la peluquería ya no había nadie más. Acto seguido entraron tres policías por la puerta y pude ver dos mas por la ventana, todos ellos apuntándome con sus armas.

lunes, 15 de septiembre de 2008

La mazmorra del Hombre.


La libertad es el altar,
a donde todos queremos llegar,
pero también es el lugar,
donde pensamos en realidad estar.

Esta ansiada libertad,
se vuelve una limitación,
nos esconde la verdad,
y emancipa nuestra acción.

Somos libres al andar,
mas para nada al amar,
somos libres de engañar
pero en verdad no al pensar.

No concibo el argumento,
si existe dicha entidad,
no posee el firmamento,
esta absoluta verdad.

La completa libertad
no se puede admitir,
pues no es nuestra voluntad,
el comenzar a vivir.