lunes, 18 de agosto de 2008

Un joven anciano.


Mi cabeza apoyada en la ventanilla aprovechaba aquel momento para hacer un alto en el trabajo. Mis ojos se deleitaban observando el paisaje. El tren en el que yo iba se dirigía a Linstwerds. Desde que subí en Stkope, una señora rubia y delgada se sentó a mi lado. Tenía un aspecto algo enfermizo y no había realizado hasta el momento ningún movimiento brusco. De vez en cuando yo aprovechaba para observarla disimuladamente. Era un día de verano espléndido pero el cansancio me agobiaba, y el sueño se apoderaba de mí poco a poco. Unos cinco kilómetros antes de llegar a Roitnerd me quedé dormido. Desperté cuando ya habíamos pasado el pueblo, y me sorprendió un poco advertir que a mi lado ahora había una mujer con un pelo muy negro. Sin duda la otra mujer debió haber descendido del tren en Roitnerd. Saqué mi reloj de bolsillo y me fijé en él, el fin de la tarde se acercaba. Apoyé nuevamente mi cabeza en la ventanilla y no pude hacerle frente al acto de resistirme a mis propias ideas. Solo pensar en el trabajo me ponía mal, tantos papeles, empleados y quejas. Esos buitres que solemos llamar impuestos nunca me dejaban en paz. Encima los problemas en mi casa, las discusiones permanentes. Aquello parecía nunca acabar.
Otra vez el sueño volvió a invadirme y me quedé dormido por alrededor de madia hora. Al despertar asumí, esta vez con menos asombro, que una mujer pelirroja estaba en el asiento a mi lado. Luego comprendí que habíamos pasado por Colmords, una pequeña villa donde suelen detenerse los trenes. Mi nueva acompañante seguramente procedía de allí. Por la ventana se podían apreciar considerables montes de pinos y eucaliptos, y la primera nube del día arribaba por encima del horizonte. Ya faltaba menos de un kilómetro para llegar a Mitmelth, a donde yo iba. Comencé a aprontarme y luego de un par de minutos el tren empezó a detenerse. Me había parecido un viaje algo extraño, pero creí que todo no podía ser absolutamente rutinario. Cuando se detuvo por completo, la mujer que estaba a mi lado se puso de pie, y se dispuso a bajar lentamente del tren. Yo seguí sus pasos. Ya con los pies sobre la tierra contemplé cómo se marchaba el tren, y al darme vuelta vi a alguien que abrasaba a la mujer que antes se había sentado junto a mí, y le preguntaba cómo había sido el viaje desde Stkope. Ella murmuró algo que no llegué a oír, y él le respondió con un gesto de asombro.

sábado, 9 de agosto de 2008

Escritos: 1514: Los Sueños.


Los sueños son esos fieles testigos que solo conocen nuestro idioma y solo pueden comunicarse con nosotros mismos. Eso que sentimos mientras dormimos, y nuestro cuerpo está tirado, aparentemente inerte. Muchos pueden parecer abstractos, pero son sin duda el reflejo de lo que vivimos (en lo que nosotros llamamos “la realidad”), de lo sentimos, queremos, tememos, anhelamos, buscamos, odiamos, amamos o recordamos. Creo que resultan de la conjugación de todas estas cosas y tal vez por esto algunos sean tan complejos. Lo bueno es que cada uno tiene en sí un mundo diferente. Allí hasta las nociones más reales, e independientes al ser humano, se desdibujan. El tiempo, y el espacio dejan de ser rutinarios; pudiendo a pasar del día a la noche sin ver el crepúsculo; y dándosenos la posibilidad de estar en dos lugares a la vez, o hacer de varios lugares uno solo. El miedo se vuelve un elemento protagónico en muchos de los sueños, encarnándose en las pesadillas y haciéndonos vivir situaciones que al extremo nos parecen verídicas. No podemos controlar lo que soñamos, pero quizás podamos entenderlo, para eso tenemos que primero entender lo que sentimos cuando estamos despiertos. Mientras nuestros sentidos descansan pueden pasarnos cosa fantásticas. Podemos sentir que volamos, y aunque sabemos que eso no es posible no dejamos de creer en lo que estamos haciendo. Posiblemente ese sueño no sea más que la imagen de un gran deseo por poseer el don de las aves. En los sueños se nos permite romper las fronteras de la razón, somos capaces de salir de nuestro cuerpo, de creernos otra persona, e incluso dejar de ser humanos. El hecho de soñar no puede calificarse como algo bueno o malo, sino como un suceso más dentro de los tantos inexplicables, en lo profundo del alma humana.

lunes, 28 de julio de 2008

Adultera fiel.


Sus sospechas provenían de muchos meses atrás. Se mujer mostraba cada día menos predisposición y alegría hacia él. Ella, ocasionalmente, llegaba más tarde de lo debido, dando explicaciones sin sentido. Estaban unidos por quince años de matrimonio y parecía que esto era lo que más los alejaba. Él era de una buena clase social, pero su empresa en lo últimos meses había decaído mucho, y posiblemente el año entrante tendrían que cerrarla. Ella trabajaba en una asociación para el cuidado de los ancianos y era frecuente que se quedara hasta altas horas de la noche, según ella en su oficina y haciendo proyectos que no podían esperar al día siguiente. Otras veces regresaba del trabajo, estaba media hora con su marido y volvía a la asociación. Él la esperaba sentado en la sala, mientras le echaba un ojo al periódico. Un día notó particularmente extraña a su esposa, y la halló muy nerviosa. Ella le dijo que tendría que volver a su trabajo, porque había olvidado su cartera. Después de que ella se marchara en la camioneta, él le pidió prestado el auto a su vecino Stoply. Había dos autos más en la cochera, pero no podía usar ninguno de los dos en esa ocasión. Sabía que ella tendría que parar en la estación de servicios, para cargar combustible, porque a la camioneta le quedaba muy poco; y eso le daría el tiempo suficiente para alcanzarla. Luego de medio kilómetro en el auto, él vio a su mujer saliendo del lugar donde él pensaba, debía haberse detenido ella, y con mucha cautela siguió su mismo camino. Pasaron alrededor de quince minutos antes de que la mujer comenzara a disminuir notoriamente la velocidad, hasta parar por completo frente a una linda y amplia casa de color blanco. Él se quedó a varios metros de distancia, dentro del auto y con las luces y el motor apagado. Ella Entró en la casa como si fuera la suya. Su esposo se bajó rápidamente del auto y fue corriendo hasta la casa. Se paró un momento. No sabía qué hacer, hasta que decidió aproximarse a una ventana. La cortina estaba corrida, pero un pequeño trozo de vidrio sin cubrir hacía del lugar, el sitio perfecto para un espía. Dentro de la casa solo habían dos personas: su mujer y un hombre de aproximadamente unos cuarenta años. Los dos estaban abrasados y mirándose de frente. Comenzaron a besarse de manera apasionada, a la vez que lo ojos de quien miraba por la ventana se llenaban de lágrimas. Allí estaba su mujer y el hombre que le había quitado el amor de ella. Ambos se desnudaban, mientras continuaban besándose y caían sobre una cama. Las sospechas parecían no ser falsas. El recuerdo de una mujer pura y un vestido blanco se desintegraba, y se perdía en el tiempo. Se encontraba viendo cómo su mujer estaba con otro hombre, y no hacía nada para evitarlo, absolutamente nada. No quería hacerlo. Prefería que fuera de otro, antes que perder su amor por completo. Decidió no mirar más y fue engañosa la sensación que recorrió su cuerpo, al cerrar los ojos y sentir como si una almohada sostuviera su cuello; y tan doloroso era lo que vivía que al estirar su mano le parecía que podía tocar a su esposa.

martes, 22 de julio de 2008

Un día en dos dimensiones.


Un rolo de coronilla estaba tirado del otro lado de la calle y yo lo observaba con mucha atención. No tenia nada en particular, simplemente me gustaba. Además pensaba en cuánto tiempo debió vivir ese árbol antes de llegar a tener un tronco de ese grosor. Tal vez cien años o tal vez más. El día estaba cerrado de agua, con bastante viento, y hacía mucho frío, era lo que se dice un día de temporal. El fuego ardía con muchas ganas frente a mí mientras una taza de café me calentaba las manos al sostenerla. Para ser media tarde estaba bastante oscuro. Al costado de mi casa estaba la casa de los Crowendel. Ellos eran una familia rara; rara si, pero siempre fueron muy buenos vecinos. Desde que llegaron, hace más de tres años, nunca tuve ninguna queja de ellos, ni nada de qué quejarme. No obstante una sensación extraña recorría mi cuerpo, cada vez que los observaba o simplemente escuchaba su voz. No era miedo, pero tal vez algo de xenofobia, a la que le habían extirpado el egoísmo. Varias veces vi en su jardín objetos extraños, de colores llamativos. Nunca supe lo que eran. Recuerdo que en una ocasión colgaron en uno de los árboles de su casa un peine, según ellos para que el viento calmase. Definitivamente eran muy supersticiosos.
Decidí llamar a los Crowendel. Solía llamar a su casa frecuentemente por una cosa u otra. Ahora lo hacía para preguntar por la señora Crowendel, que en los días pasados no había estado muy bien con el tema de su diabetes. Dejé sonar el teléfono tres veces y colgué por miedo a que estuvieran descansando. Volví la cabeza hacia el tronco que estaba del otro lado de la calle, después miré el fuego y por fin me dediqué a terminar mi taza de café. Luego de unos cinco minutos volví a llamar por teléfono a la casa de al lado. Esta vez no fue necesario esperar mucho, me atendieron enseguida, como si estuvieran esperando mi llamada, o si recién hubieran acabado una llamada de escasa duración. Esto me sorprendió, pero me llamó mucho más la atención no conocer la voz que me contestó. No supe si era la voz de un hombre o de una mujer. Estaba seguro de haberme equivocado al marcar el número de teléfono. Pedí disculpas y colgué. Me quedé unos segundos meditando sobre lo sucedido y revisando el número dizque nuevamente a la casa de los Crowendel. Un instante y la misma voz me contestó otra vez. Ahora me di cuenta que era la voz de un hombre. Una voz áspera. Me propuse pensar que las líneas estaban ligadas como a veces pasa. Por lo tanto colgué. Me saque los lentes y pensé que un vaso de agua no le viene mal a nadie nunca. Fui a servírmelo y de paso aproveché para buscar mis remedios, que ya era hora de tomarlos. Cinco pastillas y un puñado de gotas atravesaron mi boca y llegaron a mi estómago. Ya estaba pronto para otro intento así que volví a llamar a la casa de los Crowendel. Sentí como que ya había vivido ese día, porque la voz áspera me saludó de nuevo. Yo le devolví el saludo. Después de eso ninguno de los dos habló. Se podían oír algunos ruidos raros y confusos provenientes del lugar en donde estaba mi remitente. Algunos quejidos, voces a lo lejos, incluso hasta podría asegurar que escuché un grito de una voz conocida. Me sobresalté y la única reacción que tuve fue la de colgar. Todo esto no parecía muy normal. Sentí muchas veces eso de que las líneas se ligaran, pero a mí en tres años que había llamado a lo de los Crowendel nunca me había pasado. Esa voz conocida me puso muy nervioso. Tal vez ir hasta la casa de mis vecinos no escapaba a los parámetros de lo razonable, pero antes quise llamar una vez más. Esa voz de nuevo habló. Yo permanecí callado. Pensé que él iba a colgar pero no lo hizo. Como la vez anterior, escuché ruidos y sonidos extraños hasta que finalmente pude reconocer lo que me pareció la voz del señor Crowendel en un grito de auxilio. De inmediato y dominado por la desesperación corté la llamada y me dispuse a llamar a la policía mientras pensaba en qué era lo que quería ese hombre y por qué había dejado que yo escuchara lo que pasaba. La policía llegó en un lapso de tiempo de diez minutos aproximadamente, y rodeó la casa. Yo salí afuera, tal vez sirviera de algo. Me agradecieron por avisarles y me pidieron que me mantuviera alejado. Los agentes entraron en la casa por la fuerza y revisaron todo. Me quedé petrificado al ver la cara de susto y asombro que tenían los cinco miembros de la familia Crowendel, a la vez que preguntaban qué pasaba y por qué habían entrado en su casa así. La policía les explicó lo de mi denuncia y yo les conté lo que me había sucedido. Ellos se reían entre el sarcasmo y la ironía, pero yo estaba cada vez más asustado. Yo estaba seguro de que la voz que pedía ayuda era la del señor Crowendel.
Me fui a mi casa de nuevo, sin poder de parar de pensar en todo esto. Tal vez mi audífono estaba decompuesto. Me senté en el living. El fuego ardía más que nunca con un gran tronco de coronilla que me resultaba conocido y el teléfono ya no estaba encima de la mesa.

sábado, 21 de junio de 2008

Recuerdos del viento.


El mismo pensamiento ondulaba en su mente hoy, como lo había hecho varios días antes. Subió el primer escalón y se detuvo para esperar que las otras personas, que estaban delante de él, ascendieran. Subió al segundo y dio una mirada por el parabrisas, donde un sol hermoso se explayaba. Pasó al tercer escalón y tomó el boleto. Luego siguió por el pasillo y esquivando a varias personas, fue a dar a un asiento cerca del final del ómnibus, contra la ventanilla. Le llamó la atención que al tocar el marco de la ventanilla, este no estuviera frío, sino a temperatura ambiente. El asiento parecía ser más cómodo de lo habitual. Las personas se veían muy pálidas, demasiado. Sin embargo no se detuvo a examinar estos detalles porque pensó que serian consecuencia de la misma situación, que él vivía. El Sol le dio en la cara y nuevamente llamó su atención. Miró el horizonte y predijo que tal vez faltaba un cuarto de hora para que el sol se ocultase. Tomó la cortina gris, que parecía muy desgastada, y la apartó para tener la ventanilla totalmente descubierta. Su acompañante lo miró, con cierta indiferencia. Comprendió que lo mejor sería devolver la cortina su lugar, pero no pudo con la tentación de dejar apenas un hilo de luz sin cubrir. Se apoyó en el negro respaldo y se dispuso a observar al sol a través de la cortina. Ahora no tenía que entornar los ojos, ni dejar de mirar fijamente al sol, sino que podía disfrutar de su aspecto, aunque algo distorsionado. Aquello, afuera, perecía una película, o más bien un sueño. Podía ver los árboles, las calles, galpones y hasta los cables del tendido eléctrico, pero todo era raro. Por un momento volvió a colocar su cara frente a la luz directa del sol, que lo encandiló. Acto seguido se tapó con la cortina y continuó mirando el sol que cada vez estaba más cerca de ocultarse. Un montón de ideas locas sobrevolaron su mente. Le parecía una aventura viajar a la par del sol, ver como el final de su día, era también el final de un ciclo solar. El atardecer era bellísimo y a través de aquella cortina era aún más hermoso. El final del viaje se acercaba, y con él el crepúsculo propiamente dicho. Pidió permiso y se puso de pié para intentar llegar a las puertas traseras. Cuando lo consiguió, presionó el timbre que resonó en todo el vehículo. Después de unos segundos, comenzó a disminuir la velocidad. Se paró en el primer escalón, hasta que el ómnibus se detuvo por completo. Seguía pensando que algo estaba mal, que algo no era normal. Al bajar del ómnibus miró hacia atrás y no vio a nadie más que al chofer, que lo miraba con una sonrisa dibujada en su cara. Intentó ver el sol, pero este ya no estaba y volvió la cabeza nuevamente al ómnibus que ahora era sólo un hombre sentado en el aire.

jueves, 19 de junio de 2008

¡¡¡Vendida!!!


¡¡¡Qué desesperación debe tener el señor que publicó este aviso en el diario!!!
Pide $ 140.000 por una camioneta Citroën Mehari del año 1975, lo que equivale a unos 7.000 dólares. ¡Casi nada lo del ojo! El dueño es uno de los pocos uruguayos que comprende que cada día los autos valen más. Cómo me gustaría ver esa camioneta. Tengo cierto gusto por ese tipo de vehículos, pero no me imagino el estado en que se encuentra precisamente esta.¡¡¡Qué caño!!!Bah, cuando vi el aviso lo primero que se me vino a la mente fueron lo zapatos de Ronaldinho, con oro en la vuelta, y luego el auto del “Agente 007”.Algo nos pasa. En fin, la mayor suerte a este señor, que venda su Mehari rápido(o que cambien el aviso del diario).





miércoles, 18 de junio de 2008

Un oso


Estaba sentado frente a la televisión mirando caricaturas. Se encontraba solo, sus padres habían salido. Llamó a sus amigos, pero ninguno podía venir porque tenían actividades pendientes. Dejó un momento el lugar donde estaba para ir a la cocina a buscar unas palomitas y un refresco. Luego de volver, cambió de canal, y sintonizó uno de sus programas favoritos de dibujos animados. Se recostó cómodamente en el sillón. Miró la hora, en su reloj calculadora, que marcaba las 21:30.Luego tomó su oso de peluche color marrón y le colocó dicho reloj en su muñeca. Enseguida le dio un abrazo, situándolo debajo del brazo. Comenzó a llover.
De repente sintió un ruido y salió afuera, pero no vio nada. Cuando volvió al interior de la casa observó un objeto brillante de color verde. Era un control de televisión, pero muy raro, con extraños caracteres. Luego de observarlo un rato, presionó un botón. Esto produjo que la televisión lo atrajera.
Se observaban todo tipo de colores, formas y tamaños. Había golosinas, juegos, caricaturas, superhéroes, princesas, monstruos, brujas, hechiceros, magia y muchas cosas más. Solo había una oportunidad para escapar, para salir de este mundo que para él era fantástico. Estaba a cinco pasos del portal pero solo faltaban cinco segundos. Debía elegir, o su familia, o este mundo irreal, pero extraordinario.
Luego un niño acostado durmiendo en un sillón frente a la televisión y en esta un oso de peluche de color marrón con un reloj calculadora en su muñeca.